La Calle de la Gracia

 

Con desdicha inicié mi camino

por la Calle de la Gracia,

el valor del tiquete fue

no enterrar a mi padre.

Ingenuo y precoz

investigué el peso, la altura

y la distancia del dolor.

Cargué con ignorancia e incomprendido,

el estigma:

virtud de un dolor escondido.

Con aroma de impotencia

vi pasar a mi lado

prostitutas maquilladas de alegría,

borrachos llorando su pasado,

magos del espíritu,

mezquinos añorando una gerencia

sidosos inconformes,

vendedores de conciencia,

viudas felices

y huérfanos ofreciendo su futuro

en un ramo de rosas.

Mi sed crecía insondable,

la solidaridad excusaba el fin y los medios.

Soledad besaba mal

mi corazón solitario;

la incomprensión aplaudía

a los médicos virtuales.

 

Caminé arrastrando la esperanza;

mediatizada mi fe...

se gozó en las pastillas del día.

Crucé paso a paso

una selva descompuesta:

gracia del poseído de su mal,

gracia del ser sensitivo y capaz,

duda inmensa, angustia insoportable:

¡ absurdo mentiroso !

 

Cerré los ojos para siempre

y al abrirlos... lloré,

llanto de misericordia,

camino desmitificado,

virtud envidiable,

oídos celestiales,

escenario redimible por amor.

 

Los muertos aún respiran,

guardo en mi entorno

tres ángeles hermosos:

dos guerreros y una princesita;

mi madre aún conversa con mi padre,

ambos con el Padre de Todos;

mi esposa extraña la sal de mi piel

en el jardín antimateria.

 

Hoy,

este hermano tuyo

canta con la alegría en los labios,

el perdón en las manos,

la paz en la frente

y la gracia en su mirada.

 

La Calle de la Gracia

tiene un precio muy alto,

una bendición hermosa

y una victoria irrevocable.

Ella fue transformada

en humilde y majestuosa

por el Príncipe de Paz.

 

A Él como un niño,

lágrimas abajo...

di mi corazón y mi fidelidad.